Como ya anuncié en la entrada previa, haré un breve excursus para comentar Ágora, la película de Alejandro Amenábar, pues, aunque ésta no es el motivo del presente artículo, si da pie a la argumentación de su tesis central.
Cinematográficamente, y con independencia de las licencias históricas que se pueden permitir en un guión, la película en cuestión deja un sabor agridulce. Por un lado, es de agradecer que una película española se salga de lo común; a saber: putas, monjas transexuales, folleteo y guerras civiles de buenos –ellos- y malos –nosotros-. Tiene una buena fotografía y efectos especiales, y un aceptable vestuario y decorados, además, no está mal interpretada, aunque he de reconocer cierta debilidad por Rachel Weisz, la actriz judía protagonista que encarna a la filósofa y científica Hypathia. Pero, sin embargo, por otro lado, es una película de ritmo excesivamente lento, de desarrollo argumental demasiado predecible, y sobre todo, y lo que aquí más nos importa, que desprende un tufo anticristiano poco disimulado. Un mensaje, más o menos sutil (en la onda del doble pestiñazo de El Código Da Vinci) que también es antipagano, pues muestra a éstos como unos idólatras decadentes. Hasta los judíos se llevan su ración de moralina.
Hemos de admitir que Ágora no se sale en exceso de la realidad que rodeó al Cristianismo primitivo en sus primeros siglos de formación; sin embargo, lo que hay que tener en cuenta es que esta realidad, tal cual, está históricamente muy limitada a un espacio y un tiempo muy concretos. Es evidente, en cambio, que lo que la película busca es trasmitirnos una determinada idea generalizadora sobre el Cristianismo en sí, esa idea y ninguna otra. Se puede tergiversar la verdad de mil formas, pero siempre es más eficaz manipular algo mintiendo por omisión, lo que es muy común en la propaganda, y, por extensión, en el cine actual, en la literatura, en la historiografía, etc.. De lo que no se habla no existe. La trama, muy bien ordenada, va condicionando al espectador para que al final crea en lo que algunos ya iban al cine predispuestos a creer: la intrínseca maldad de la religión en general y del Cristianismo en particular. En realidad, en Ágora sólo la Razón sale bien parada, idealizada en Hypathia, personaje real del que los historiadores, en cambio, sabemos muchísimo menos de lo que en la película ésta da de sí. La filósofa alejandrina muere a manos de una turba de fanáticos cristianos, dejando la moraleja final de la película en bandeja de plata al que la quiera coger.
Cabe plantearse por qué no se narran otros hechos, por qué no se hacen otras películas, o se escriben otros libros que presenten el lado más noble y real del Cristianismo, o que cuenten las persecuciones que han sufrido los cristianos a lo largo de veinte siglos, desde Nerón hasta Stalin. O más allá, por qué no se hacen macroproducciones que denuncien extremismos religiosos mucho más reales, actuales y constantes en el tiempo como el musulmán, por ejemplo. ¿Se habría atrevido Amenábar a hacer una película sobre la invasión y conquista islámica de la propia Alejandría (o de España), tres siglos después, presentando a los musulmanes como locos fanáticos, enemigos del saber y de la razón?; es decir, ¿se habría atrevido Amenábar a hacer un película que reflejara a los muslimes tal y como fueron en la Edad Media, tal y como se expandieron por medio mundo, y tal y como no pocos de ellos siguen siendo hoy en día?. Evidentemente no. Como tampoco Roland Emerich se atrevió a destruir ningún simbólico edificio musulmán en su macrodesastre 2012, pero sí lo hizo con la cúpula de la Basílica de San Pedro del Vaticano, que cayó por los suelos, con el Cristo de Corcovado de Río de Janeiro, que acabó hecho trizas, con los templetes budistas, que iban y venían por los valles del Himalaya flotando entre las olas, y hasta con el Capitolio de Washington, que también recibe lo suyo. No, para la intelectualidad oficial sólo existe un Cristianismo tenebroso, irracional, genocida e inquisitorial, y un Islam culto, refinado y tolerante, como también se pudo ver en el bodrio en que convirtió Ridley Scott El Reino de los Cielos, cuya postproduccción, que se estaba llevando a cabo en Septiembre de 2001, retocó media película “para no crear polémica”. No hay nada como derribar un par de rascacielos o como cortar un par de cabezas para hacerse respetar, algo que, por cierto, los cristianos no hacemos desde hace unos cuantos siglos, y, sin embargo, aún así seguimos apareciendo siempre como los eternos y exclusivos malos de la Historia.
Y hablando de Historia, entremos en ella.
Desde su nacimiento, y según se iba configurando, el Cristianismo tuvo que hacerse un hueco entre el enorme crisol de religiones que se practicaban en el Imperio Romano. Esto, lógicamente, provocó enfrentamientos directos con aquellas otras comunidades entre las que lo cristianos pretendían hacer proselitismo; por su lugar de conformación, principalmente judíos y paganos grecorromanos. Sin embargo, como reconoce uno de los máximos especialistas españoles en la materia, Javier Arce, en el prólogo del libro El conflicto entre el paganismo y el cristianismo en el siglo IV (Alianza, 1989) “este conflicto entre dos formas de entender las relaciones humanas y vitales, entre dos formas de religión, no adquirió más que en contadas ocasiones y en circunstancias muy precisas, caracteres de violencia”. Así, aunque, como hemos dicho, no se puede negar que el contexto histórico en el que se desarrolla la trama de Ágora es bastante real, la Alejandría de finales del siglo IV es, de todos los casos que nos podemos encontrar en las fuentes históricas, sin duda, el caso más extremo de la rivalidad entre paganos y cristianos en la Antigüedad. Descontadas las persecuciones anticristianas de Nerón y Diocleciano, lo normal es que la confrontación entre unos y otros quedara reducida a discusiones en ámbitos teológico-filosóficos, no tanto populares, y que tuvieran casi siempre de trasfondo una auténtica motivación política más que puramente religiosa. De hecho, los disturbios más sangrientos protagonizados por cristianos estaban por venir y se darían por motivos dogmáticos precisamente entre las propias comunidades de creyentes de diferentes escuelas teológicas en Constantinopla y otras ciudades del Mediterráneo oriental.
Es innegable que el Cristianismo a lo largo de su historia, y especialmente en los primeros siglos de su conformación, ha tenido entre sus fieles a un buen porcentaje de extremistas intransigentes, entre ellos más de un emperador romano (como Teodosio o Joviano) cuyas legislaciones resultan realmente pavorosas a cualquier amante del mundo clásico, pues supusieron la pérdida irreparable de una buena parte del legado cultural antiguo. Sin embargo, tampoco se puede negar que la nada desdeñable parte de ese legado histórico, filosófico, literario y científico que sí ha llegado hasta nuestros días, lo ha hecho, no tanto gracias a la cultura árabo-musulmana como afirma la leyenda romántica decimonónica, sino a pesar de ella y gracias a los monjes amanuenses de los monasterios y abadías cristianas -bizantinas y occidentales-. Éstos en una labor de siglos cuidaron, protegieron, conservaron, restauraron y copiaron en sus scriptoria una y mil veces cientos de manuscritos de la Antigüedad (muchos de contenido abiertamente pagano). A partir del siglo XIII cientos de estos monjes ortodoxos y miles de civiles cristianos comenzaron a arribar a la Europa occidental (vía Venecia) huyendo del avance otomano en Oriente, y trayendo consigo las obras clásicas que habían conservado en sus abadías y sus bibliotecas durante más de mil años. Esto permitió y condicionó el Renacimiento cultural europeo iniciado en los siglos XIV-XV, del que surge nuestro mundo, fenómeno que no ha experimentado ninguna otra civilización a lo largo de la Historia. Monasterios como el de Squillace o Studion son el paradigma del verdadero amor que muchos cristianos han profesado por la sabiduría clásica y la prueba de que el oscurantismo de la Iglesia es más un mito, que se hace creíble por la ceguera de una minoría prelada, que una realidad histórica y absoluta.
En cambio, una de las ideas que transmite Amenábar en Ágora es que los cristianos eran enemigos del saber clásico y del pensamiento racional antiguo, y simboliza este fanatismo en la destrucción por éstos de la gran biblioteca alejandrina (bastante menguada en su tamaño en la película). En cambio, lo que no cuenta ésta, ni contará jamás otra película, es que, en realidad, la biblioteca de Alejandría, seguramente la más importante biblioteca de la Antigüedad, fue saqueada por vez primera en tiempos de Julio César -un pagano-, sufrió un segundo asalto -que no destrucción- en tiempos del emperador cristiano Teodosio (justo en el contexto de enfrentamiento que narra la película) pero fue en el siglo VII cuando, tras haber ido recuperando poco a poco su volumen y sus fondos, fue finalmente desmantelada por la conocida tolerancia musulmana del Califa Omar, quien, ante la pregunta de su jefe militar sobre qué debían hacer con los escritos que hallaron en ella durante la invasión de Egipto, respondió aquello de “si son obras que contradicen el Corán, destruidlas por blasfemas, y si están conformes con el Corán, destruidlas por superfluas”. Todo un ejemplo del amor al saber y a la cultura que históricamente ha profesado el Islam.
Otra de las ideas presente en Ágora es la de una decadente sociedad romana drásticamente tajada en paganos y cristianos. En cambio, sabemos que la realidad histórica es muy diferente y menos bipolar, pues, salvo casos extremos, todos, cristianos y paganos, se consideraban por encima de todo ciudadanos romanos. Por poner un ejemplo, Constancio II, emperador entre 337 y 361, hijo de Constantino el Grande, era cristiano y muy piadoso, sin embargo, no tuvo problema alguno en estar rodeado de paganos en su corte, entre ellos su propio panegirista, Temistio.
En realidad, en la Tardoantigüedad la mayor parte de las fricciones socio-religiosas no se producían entre cristianos y paganos, sino entre los propios grupos de cristianos. En ocasiones estas luchas se daban por el intento de imponer la supremacía de determinada diócesis; por ejemplo, Antioquía y Alejandría, sedes obispales más antiguas que la de la capital imperial de Oriente, no aceptaban la preponderancia de la nueva sede episcopal constantinopolitana. En otros casos las pugnas eran puramente teológicas entre distintas escuelas o herejías: así, uno de los hechos más graves se produjo a finales del siglo IV cuando cuatrocientos godos de fe cristiana arriana fueron quemados vivos en el interior de una iglesia ortodoxa de Constantinopla. Poco después, en 403 un grupo de ciudadanos romanos que iban a convertirse al Cristianismo, recibiendo la primera comunión, se negaron a hacerlo porque las instalaciones del Senado había sido quemadas y en el incendio habían sido destruidas numerosas “estatuas clásicas”, lo que consideraron un sacrilegio. Los conflictos entre cristianos y de éstos con los paganos se fueron haciendo más frecuentes durante los siglos V y VI, conforme aumentaba la población de las ciudades de Oriente. Pese a todo, a finales del siglo IV las zonas rurales permanecían firmemente aferradas al paganismo, incluso en Oriente.
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